Al antropólogo francés Marc Augé le hubiera encantado aquel «bares, qué lugares…» que cantaba Gabinete Caligari. La canción se estrenó en 1986, y solo unos años más tarde, él, reflexionando sobre los espacios de uso colectivo en las ciudades y modernas, lanzó el concepto de ‘no-lugar’, refiriéndose a aquellos sitios donde nos convertimos en transeúntes anónimos sin entidad ni recuerdo, incluso aunque alguien tome nota de nuestro carné o pasaporte. El aeropuerto, el metro, el hipermercado. Su opuesto, el lugar, es el espacio colectivo que incorpora las identidades y las vivencias de la comunidad. A veces es la plaza o la alameda donde hay jóvenes y viejos sentados en los bancos, algún quiosco o vendedores ambulantes, niñas y niños que corren. A veces es la frutería de la esquina, el casino, el club social, el centro cultural. E, indudablemente, los bares. En las sociedades antiguas, las calles, las plazas, los puertos o los mercados al aire libre eran los escenarios preferentes de la socialización. Hace tiempo que los bares heredaron ese rol, sobre todo a partir de que las mujeres empezaron a acceder en igualdad de condiciones. En 2024, el congreso San Sebastián Gastronomika estrenó su Foro de Tabernas