Habíamos llegado a la carne a duras penas, tras varios pases de pescado y marisco, una revisión del cocido local, menestra con jamón y pollo y un larguísimo capítulo de aperitivos inspirados en clásicos del picoteo: gilda, ensaladilla, tortilla, bollo preñado y hasta un ‘lobster roll’. Los ‘amuse-bouche’ tampoco habían resultado tan ligeros como prometían. Incluso el servicio de pan parecía empeñado en ponernos a prueba: dos hogazas, tostas de cuatro sabores, aceite de oliva y una flor de mantequilla. La secuencia carnívora consistía en una reinterpretación del solomillo Wellington –esta vez con el hojaldre envolviendo una pieza de cabrito–, seguida de una royal de cerdo autóctono con patatas en distintas texturas. A partir de ahí, tres postres, no precisamente livianos. Primero un babá al ron, después un milhojas relleno de mantequilla aireada y, por último, un suflé. Una modorra incontenible invadía la mesa, nublando el hilo de la conversación. Entonces apareció el flamante carro de petit fours: hasta una docena de bombones, gominolas o financiers, a cual más sugerente. Parecía imposible continuar. Y sin embargo, ya en la terraza, con el café, el chef desenvolvió una servilleta mostrando un cuenco de galletitas de mantequilla y tuve que